miércoles, 17 de marzo de 2010

De cuando los miedos y recuerdos ya no nos pertenecen

El olor del rayo

El destello del relámpago atravesó la ventana y salpicó de púrpuras y violetas la alfombra de profundo azul persa sobre la que jugaban mis hijas; y, el estrépito del trueno agitó todos los cristales de la casa en los que se refugió el rayo…

Las niñas corrieron a abrazarse de su padre. Las contemplé con la seguridad de que fingían estar más asustadas de lo que expresaban. Las vi como abrían desmesurados ojos y bocas, intentaban sus piros y gemidos tímidos, escondiendo sus mejillas en el pecho de mi marido, quien, no tuvo más remedio que hacer acopio de sus dotes histriónicas profundas pues sus gestos plácidos, de compostura y tranquilidad fueron tan rígidos, mecánicos que solo lograron engañar a las niñas. Yo sabía lo que una tempestad producía en él. Yo conozco la escena una y mil veces llorada de cuando su padre golpeaba a su madre con la brida del caballo allá en la hacienda de su niñez. Yo sé como ese sonido se sumó a sus miedos y lo enclaustró en la atmosfera helada de aquella tarde huracanizada que destrozó los ciruelos de la finca.
Los ojos lo delatan siempre. Pero, las niñas no vieron rodar la lágrima…
En ese humor de cristal líquido, desde la distancia, me vi yo misma reflejada, con mis ojeras violetas, mi bufanda lavanda y el terror a que descubrieran que no les creo, a que se revelara que no me importan sus exageraciones mimosas, que los desprecio por apartarme de sus teatros empalagosos, que se compruebe que jamás he amado; ni siquiera a mí misma. Que soy una mujer muerta, sin brillos, como los ventanales fríos pero empañados que nos separan de la verdad de esa luz que siempre viene de afuera y señala a los que fingen amar.